sábado, 17 de novembro de 2007

Rainha Isabel, a Católica, de Espanha (1451-1504) - Beatificação no Horizonte?


Luis Suárez Fernández, porventura um dos maiores se não o maior especialista da história dos Reis Católicos de Espanha, deu há tempos a entrevista seguinte sobre um processo tão apaixonante como controverso - o da beatificação de Isabel, a Católica.
Ele faz parte da Comissão de Beatificação e foi testemunha no respectivo processo.
Ao juízo de cada um..

MADRID (ZENIT.org).- Luis Suárez, miembro de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia 2002, está reconocido internacionalmente como un profundo conocedor de la reina Isabel la Católica. La redacción de Zenit ha conversado con el historiador.

(Z) ¿Por qué Isabel la Católica es una figura histórica tan controvertida, con defensores y detractores declarados?
(L. S. F.) - Yo no lo sé, a mí me sorprende también que ocurra una cosa así.
En otros países no habría la menor duda, pero a mí me da la impresión de que influyen dos cosas fundamentales:
Isabel iza la unidad española y ya estamos viendo que hay personas a quienes esto molesta, desearían que España volviera otra vez a la prehistoria o a la época de los arévacos, y naturalmente ésta es una de las razones; la otra es porque Isabel, como su título oficial indica, hizo del catolicismo la clave fundamental para el reconocimiento de los derechos humanos en España y en América, y hoy el catolicismo también es objeto de debate que influye indirectamente en esta figura.

El hecho de que se expulsara a los judíos de España, yo diría mejor, se prohibiera la práctica del judaísmo (porque el judío que se convertía no se debía marchar) también ha creado un ambiente negativo en torno a su persona, porque no se tiene en cuenta que esta medida fue una medida general en Europa, y que España en realidad fue la última en aplicarla, y lo hizo cuando ya no quedaba otro remedio, cuando las presiones desde fuera eran sumamente fuertes.

Pero no hay ninguna figura europea, de las que tanto nos vanagloriamos ahora, a quien no puedan atribuírsele errores, como fue éste el caso, un error no particular de los gobernantes de España, sino de toda la cristiandad occidental, en todos los reinos; el judaísmo estaba prohibido desde mucho tiempo atrás en Inglaterra y en Francia, en Nápoles, y prácticamente en toda Europa, sólo quedaban algunos pequeños lugares, muy pocos en donde se autorizase, por consiguiente es la norma general.
No veo otras razones ni otros motivos para esta controversia.

(Z) No cree que también en torno al papel de la reina en la conquista de América existe esta controversia?
(L .S. F.) - Bueno, la conquista de América fue una de las cosas mejores que se pudieron hacer nunca.
La reina no conquista América, la descubre, es la primera en muchos siglos que reconoce que los habitantes de América son hombres como los demás, que han sido redimidos por Cristo y tienen que ver reconocidos sus derechos humanos.
Sin esta postura de Isabel la Católica no se habría llegado a la Constitución de los Estados Unidos, que repite prácticamente lo que ella dijo, que Dios nos ha hecho a todos libres, iguales y en búsqueda de la felicidad, y ése es su testamento.
Por eso en América no hay una oposición, al contrario, existe un poco la actitud opuesta de decir «pero bueno, cómo esos europeos pueden ser tan ciegos que no se den cuenta de que aquello fue el gran momento».
Luego, por razones políticas siempre hay gente que empieza a hablar de las atrocidades que se cometieron. América en el siglo XVII es un oasis de paz al lado de lo que es Europa; Europa vivía por, para y en la guerra, una guerra, la de los 30 años, que alcanzó niveles de crueldad nunca antes imaginados; en América, la guerra era una palabra casi desconocida; naturalmente que había delitos, como en todas partes; eso es inseparable del hombre.

(Z) - Como investigador y profundo conocedor de la reina ¿qué rasgo destacaría de su personalidad, a nivel de política, de madre y de reina? En general, ¿qué virtudes y qué defectos ha visto al estudiar este personaje?
(L. S. F.) - Yo creo que Isabel fue mujer antes que reina. Y aplicó el sentido de la feminidad, la intuición, el afecto, la capacidad comprensiva, a todas sus empresas.
Es verdad que tuvo la suerte de contar a su lado con un rey como Fernando, que en algunos aspectos la superaba, en otros no, y que hubo entre ambos un entendimiento tan completo que no se puede hablar de una política de uno y de una política de otro, pero lo que establece de una manera clara Isabel es el derecho de la mujer a reinar.

En España no se había producido como en Francia una negativa tan rotunda al reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero estos derechos eran más para ser transmitidos a los hijos o a los maridos que para ser ejercidos por ellas mismas. Isabel establece el principio contrario: no hay diferencia en cuanto a la capacidad de gobierno entre hombre y mujer, y así educa a sus hijas, y así procede ella misma también.
Luego, Isabel fue muy consciente de una doctrina heredada de la Edad Media, según la cual todos los poderes del Estado y toda la legislación tienen que someterse al orden moral; éste está por encima de cualquier otra consideración, es lo que ella está procurando mostrar en todo momento.

Por ejemplo, hablábamos antes de cuando se toma la decisión de prohibir el judaísmo, pues hay una preocupación que no había habido en los otros reinos de Europa, hay una preocupación de que los judíos dispongan de un plazo para decidir, y además, tengan disponibilidad de todos sus bienes para que nadie pudiera decir que había un perjuicio material en lo que entonces se consideraba como un beneficio moral, que es la unidad religiosa. Aparte de esto, ella mostraba en su actitud diaria una enorme comprensión ante las debilidades de los demás.

En el testamento aparece constantemente esta preocupación: rectificar los daños que hayamos podido causar, reparar todo. Una mujer y un marido, porque yo aquí no veo diferencia entre uno y otro, que al término de una guerra civil son capaces de eliminar toda clase de represalias y de pactar con aquellos que estuvieron sublevados en su contra y les negaban, para garantizarles que no van a sufrir perjuicio ninguno, sino que van a seguir desempeñando las funciones sociales y el nivel que hasta entonces ocupaban, eso es un ejemplo de primera categoría, y eso lo logran; por eso es una guerra civil que se cierra sin resentimientos, cosa muy difícil, porque lo normal en las guerras civiles es que se creen resquemores que afloran incluso a veces después de décadas muy largas; ella lo evita.

Ella tiene por ejemplo la intuición, a pesar de todos los informes en contra, y los informes tenían razón (Colón estaba diciendo que iba a llegar a China, y era imposible llegar a China), que le permite patrocinar la empresa pensando «algo se podrá encontrar»; esa intuición es uno de los rasgos verdaderamente importantes. Luego yo veo otro rasgo también: la confianza que tenía en algunas personas no fue desmentida en ningún momento, es decir, los colaboradores duran hasta el final de su vida; es capaz además de mostrarles un enorme afecto.

(A Morte de Isabel - Eduardo Rosales - séc. XIX)


(Z) - Esto confirma su gran intuición...
(L.S.F.) - Indudablemente ella sabía muy bien elegir a la gente, porque se guiaba más bien por el carácter de la persona que por otra cosa. Por eso claro, le rodea gente que siente hacia ella un afecto sin límites, sienten por la reina una adhesión que sin embargo se mueve en el terreno de la lealtad y no de la fidelidad; en la Castilla de entonces se hacía muy bien la diferencia entre estas dos palabras, fiel es el que sigue al señor sin preguntarse por la justicia de su causa, leal es aquel que procura que el señor no vaya a cometer injusticia.
Isabel quiere rodearse de leales, de gente que como don Fernando de Talavera en determinado momento le puede decir «Señora, por aquí no, esto no, es una equivocación»; gente como Cisneros, que la primera vez que le administra el sacramento de la Penitencia le dice «de rodillas», y la reina se pone de rodillas; según la vieja costumbre, los reyes se confesaban sentados, pero Isabel no.
Es muy difícil decir muchas más cosas de éstas.

Por ejemplo, ella se siente portuguesa por su madre, indudablemente habla portugués, en un momento en que las relaciones entre Portugal y Castilla desembocan hasta en una guerra, su empeño siempre es volver a restablecer esa amistad, y lo consigue claro, al final es como si Castilla y Portugal fuesen una misma y sola cosa. Hay que ver lo que es el Tratado de Tordesillas, el mayor modelo de concordia que se puede establecer entre dos países, en un momento en que se estaba jugando el destino del mundo, y sin embargo ellos se sientan en torno a una mesa para intentar compaginar los intereses de unos y otros a fin de que todos quedaran conformes, y eso se hace; eso no se había dado nunca y pocas veces se dará después; eso es un sueño que tienen los Estados.

Del Tratado de Tordesillas nacen las bulas en relación con América diciendo «eso no es un imperio, eso no son colonias».
Es un error decir que España tuvo un imperio, un error gravísimo, a mí me indigna cada vez que alguien lo dice; España no tuvo colonias, tuvo reinos y tuvo ciudadanos al otro lado del mar.
Para hacer trampa con esta situación, los grandes propietarios, siglos después, tuvieron que comprar negros ya esclavos en África para poder introducir allí esa servidumbre a la que aspiraban, porque las leyes de Castilla se lo impedían radicalmente: ningún indio podía ser esclavo.
Eso es esa mujer, esa mujer que una vez le escribe al marido una carta; el marido ha sufrido un atentado y está grave y le dice «acuérdate de que tenemos que rendir cuentas ante Dios, y las cuentas que nos va a pedir a nosotros, los reyes, son mucho más estrechas que las que pide a ninguno de nuestros súbditos».

(Z) - Respecto a la causa de beatificación de Isabel la Católica, ¿qué importancia tendría para usted que la Iglesia la declarara oficialmente beata?
(L. S. F.) - No me cabe la menor duda de que la beatificación de Isabel sería en estos momentos un dato muy positivo en relación con esa comunicación que hay entre Europa y América, porque supondría tanto como reconocer que América tiene un marchamo de nobleza y de dignidad.
Utilizando una frase del Papa, sería convertir en oficial esa afirmación de que ninguna obra ha hecho Europa tan importante como la creación de las naciones americanas, en las que está además el futuro, y eso se debe al empeño de España de llevar allá lo que tenía de más valor: el cristianismo.
Yo siempre digo que España no llevó a América más que dos cosas, el caballo y el Padrenuestro; pero el caballo es el sentimiento de la caballería, es el respeto a la palabra dada, es el cumplir con la realidad; el Padrenuestro es amar al prójimo como a uno mismo, ni más ni menos.
Y a mí me parece que la beatificación de Isabel vendría a ser como el marchamo oficial a decir «todo esto es lo que verdaderamente se ha hecho; pongan ustedes los defectos que les dé la gana, pero ahora, lo que tienen al otro lado del mar es un mundo que se está preparando para tomar las riendas en el siglo XXI, en él está el futuro».

Túmulos de Isabel e Fernando, Reis Católicos (Granada)

(Z) - De alguna manera ¿este reconocimiento oficial dejaría sin ningún tipo de credibilidad la leyenda negra?
(L. S. F.) - Claro, indudablemente.
La leyenda negra no es más que un vehículo de propaganda, explicable, en un momento de guerra terrible en Europa, porque no se refería a América al principio, sino a Europa, en un momento terrible porque hay que poner en marcha todos los recursos de los que uno dispone para destruir al adversario, y uno de los recursos es precisamente ese.
A ello estamos asistiendo constantemente; no hay guerra en donde al enemigo se le presente de otra manera que como la encarnación del diablo o algo así.
Indudablemente despejaría el aspecto más esencial de esa leyenda negra, aquél que recogió una vez un artículo de la Enciclopedia en Francia (que explica que se prohibiese la venta del libro en España) en donde el autor llegaba a la conclusión de que si España no hubiera existido no se habría perdido nada; vendría a ser como decir, gracias a que España existió está todo eso ahí.

Si España no hubiera existido ,¿existiría Viena? Tal vez no. ¿Existiría el catolicismo francés o italiano? Tal vez no. ¿Existirían las naciones americanas con lo que tienen hoy de profundos valores humanos? Seguramente no.
Yo siento cuando he ido a América una gran emoción y un enorme afecto, porque uno allí se siente en casa, y hay que ver lo que eso significa.

(Z) - ¿Usted forma parte de la comisión Isabel la Católica que se ha creado para impulsar la causa de beatificación?
(L. S. F.) - Yo fui testigo en el proceso, por eso estoy bajo juramento que prohíbe repetir lo que dije entonces. Ahora formo parte de la Comisión que funciona en Valladolid, bajo la presidencia del señor arzobispo.

(Z) - De cualquier forma, si se la beatifica, va a ser fundamentalmente por su conducta moral ¿Qué aspectos religiosos de la reina, de su piedad, de su espiritualidad, ha visto en sus investigaciones?
(L. S. F.) - La caridad. Sobre todo la caridad.
Piense por ejemplo en los hijos ilegítimos de la mujer de Enrique IV, Pedro y Andrés; ella los recoge, los educa y los cuida. Cuida también de los ilegítimos de su marido, cuida de los hijos del cardenal Mendoza, y siente hacia todos ellos una obligación de afecto que va más allá del simple ejercicio de la caridad.

Una vez que fray Hernando de Talavera le criticó por esta conducta diciendo «da la impresión de que usted está legitimando el fruto del pecado», ella respondió que lo importante era evitar que esas almas se perdieran, y llamando a uno de los niños, hijo del cardenal Mendoza, le gastó una broma a fray Hernando y le dijo: «¿verdad que son muy bellos los pecados de mi cardenal?».

(ZENIT - España)

domingo, 11 de novembro de 2007

Bertolt Brecht (9) - A Cruz de Giz


Eu sou uma criada.
Eu tive um romance com um homem que era da SA.
Um dia, antes de ir
Ele me mostrou, sorrindo,
como fazem para prender os insatisfeitos.

Com um giz tirado do bolso do casaco
ele fez uma pequena cruz na palma da mão.
Ele contou que assim, e vestido à paisana,
anda pelas repartições de trabalho
onde os empregados fazem fila e protestam.

E protesta junto com eles,
e fazendo isso em sinal de aprovação e solidariedade
dá uma palmadinha nas costas do homem que protesta
 e este, marcado com a cruz,
é apanhado pela SA.

Nós rimos com isso.
Andei com ele um ano,
então descobri
que ele havia retirado dinheiro
da minha caderneta de poupança.

Havia dito que a guardaria para mim
pois os tempos eram incertos.
Quando lhe pedi satisfações, ele jurou
que suas intenções eram honestas.

Dizendo isso
pôs a mão em meu ombro para me acalmar.
Eu corri, aterrorizada.
Em casa
olhei as minhas costas ao espelho,
para ver se não havia uma cruz.

(Bertolt Brecht)

O rei Juan Carlos de Espanha ao presidente Hugo Chávez, da Venezuela: "Porque não te calas?"


(Extraído do jornal Expresso de 10 de Novembro de 2007)

O Rei Juan Carlos não se conteve e na última sessão plenária da XVII Cimeira Ibero-Americana, a decorrer em Santiago do Chile, mandou calar o Presidente venezuelano, Hugo Chavez, com um frontal "porque não te calas?".

Este momento pouco protocolar aconteceu quando o polémico chefe de estado não parava de interromper o primeiro-ministro espanhol, José Luiz Zapatero, depois de este ter pedido contenção nas palavras de Chávez, que qualificou o anterior primeiro-ministro espanhol, José María Aznar, como um "fascista de todo o tamanho".

Esta terá sido a gota de água que fez transbordar o copo, pois Chávez já ontem havia desconsiderado o ausente José Maria Aznar, sem que Zapatero dissesse nada.
Hoje tudo foi diferente.
O chefe do governo espanhol pediu a palavra para lembrar a Chávez que estava reunido com vários líderes de governos democraticamente eleitos e por isso devia demonstrar respeito, mais que não seja pelos cidadãos e pelos países que representam.


Um Rei sem papas na língua

"Podemos estar nos antípodas de uma posição ideológica e eu não estou nem sequer perto das ideias de Aznar, mas ele foi eleito pelos espanhóis e exijo respeito", pediu Zapatero, enquanto Chávez tentava, mesmo com o microfone desligado, interromper o espanhol, alegando o seu direito à liberdade de opinião.

Este comportamento do venezuelano roubou alguma compostura ao monarca espanhol, que com um ar visivelmente enfadado e depois de já ter tentado intervir, soltou um "porque não te calas?", que ficou algures entre um pedido e um lamento, mostrando assim que para além de azul, o seu sangue também é latino.

A presidenta chilena e anfitriã da cimeira, Michelle Bachelet, não teve outra solução senão pôr termo a este imbróglio diplomático, para que o encontro não se tornasse numa troca de acusações.
Depois da palavra ser devolvida a Zapatero, o primeiro-ministro espanhol pediu para que não se caia na ofensa fácil, mesmo que se discorde radicalmente das ideias de outra pessoa.



"O direito à defesa" de Chávez

Esta situação insólita levou a que Juan Carlos, em mais uma quebra do protocolo, tivesse abandonado a sala pouco tempo depois. Segundo afirmou fonte do governo espanhol, o Rei saiu do plenário para "demonstrar o desagrado da delegação espanhola" em relação aos ataques a Aznar.

Michelle Bachellet mais uma vez teve de tomar as rédeas da situação, saindo da sala para convencer Juan Carlos a regressar, o que foi aceite imediatamente pelo monarca, que assim voltou a integrar a comitiva espanhola.

Ao lado de Chávez esteve o presidente nicaraguense, Daniel Ortega, que aproveitou para atacar as empresas espanholas a operar na Nicarágua e os sempre fiéis cubanos, que pela voz do vice-presidente, Carlos Lage, reconheceram "o direito à defesa" de Hugo Chavez.
Segundo Lage, o venezuelano terá sido alvo de várias ofensas por parte de Aznar, que também desconsiderou a Venezuela e o seu povo.

(Expresso - Lisboa - 10 de Novembro de 2007)

Ramalho Ortigão - Fracasso do Rotativismo (Um Texto Com 96 Anos)

(Retrato de Ramalho Ortigão - por Columbano Bordalo Pinheiro)

"O acordo de dois partidos, revezando-se sucessivamente no poder, dizendo-se um liberal e outro conservador, segundo o regime inglês, falhara inteiramente na sua reiterada aplicação prática.
O jogo permanente dessa rotatividade representativa, com vinte anos de funcionamento automático, desgastara todas as engrenagens, boleara todos os ângulos, puíra todas as arestas, safara todos os cunhos que caracterizavam o sistema.

Quem eram os liberais que pela contribuição de novas ideias se propunham acelerar a energia propulsora do parlamentarismo no sentido do mais rápido progresso?
Quem eram os conservadores incumbidos de coordenar a marcha e de manobrar os travões do maquinismo?...

Ninguém o saberia dizer, porque nenhum dos dois partidos a si mesmo se distinguia do outro, a não ser pelo nome do respectivo chefe, politicamente diferenciado, quando muito, pela ênfase pessoal de mandar para a mesa o orçamento ou de pedir o copo de água aos contínuos.

Um facto sumamente grave preocupava, no entanto, a atenção dos que isoladamente contemplavam a integral concatenação dos acontecimentos.
Esse facto era a decomposição da sociedade, lentamente, surdamente, progressivamente contaminada pela mansa e sinuosa corrupção política.

Quantos sintomas inquietantes!

A indisciplina geral,
o progressivo rebaixamento dos caracteres,
a desqualificação do mérito,
o descomedimento das ambições,
o espírito de insubordinação,
a decadência mental da Imprensa,
a pusilanimidade da opinião,
o rareamento dos homens modelares,
o abastardamento das letras,
a anarquia da arte,
o desgosto do trabalho,
a irreligião,
e, finalmente,
a pavorosa inconsciência do povo."


(Ramalho Ortigão - Últimas Farpas - 1911)

José Duarte Ramalho Ortigão nasceu no Porto a 24 de Outubro de 1836. Os primeiros anos da infância passou-os no campo, em casa da avó materna. Frequentou o curso de Direito em Coimbra, que não concluiu.
De regresso à sua cidade natal, leccionou Francês, durante alguns anos, no Colégio da Lapa, dirigido por seu pai, onde teve como aluno o jovem Eça de Queirós.

A partir de 1862 dedicou-se ao jornalismo. Foi crítico literário do Jornal do Porto e colaborou na Revista Contemporânea e na Gazeta Literária. Iniciou-se no jornalismo e na literatura no momento em que a segunda geração romântica dominava as letras portuguesas (Camilo, Soares de Passos, Arnaldo Gama...).


Por esse motivo, não é de estranhar que tenha participado na célebre polémica conhecida por Questão Coimbrã, com o texto Literatura de Hoje (1866), defendendo António Feliciano de Castilho dos ataques que lhe eram dirigidos.

Essa atitude acabou por levá-lo a enfrentar Antero de Quental em duelo.
Apesar disso, anos mais tarde, vamos encontrá-lo ao lado dos jovens da Geração de 70. Foi nessa altura que escreveu, em colaboração com Eça de Queirós, O Mistério da Estrada de Sintra (1871) e as primeiras Farpas.
Quando Eça ingressou na carreira diplomática e foi nomeado cônsul em Havana (Cuba), Ramalho continuou sozinho a redacção das Farpas.

Em 1870 tinha sido admitido como funcionário da Academia das Ciências, o que lhe permitiu instalar-se definitivamente em Lisboa e dedicar-se, paralelamente, ao jornalismo e literatura.
Anos mais tarde, em 1895, viria a ser nomeado bibliotecário do Palácio da Ajuda.
Ramalho Ortigão, embora tenha mantido durante dezenas de anos um certo prestígio, nunca ombreou com Eça ou Antero como criador literário.

Na fase inicial das Farpas, mostrou-se um observador atento e crítico da vida portuguesa. No espírito da Geração de 70, e recorrendo a um estilo irónico, pretendia aproximar Portugal das sociedades modernas de então. A partir de 1872, a sua formação mais tradicionalista impôs-se e passou a dar mais atenção aos aspectos pitorescos da realidade portuguesa e a orientar-se por um certo bom senso burguês, pouco propício às mudanças radicais. Esse espírito conservador foi-se acentuando com a idade e, já no século XX, Ramalho acabou por se integrar na corrente nacionalista, então em formação.

Outro aspecto em que se distinguiu foi o das impressões de viagem, deixando-nos algumas obras que ainda hoje podem ser lidas com algum prazer.
Faleceu em Lisboa, a 27 de Setembro de 1915.


(De: Aprender Português - 2000)

Reabilitação de uma Figura Portuguesa do séc. XIV - A Rainha Leonor Teles de Meneses


Leonor Teles de Meneses, que foi esposa do rei D. Fernando de Portugal, é uma das figuras mais vilipendiadas da História de Portugal. Mas as páginas de Fernão Lopes, que continuam a ser a fonte principal para o seu conhecimento, e alguns documentos avulsos sepultados nos arquivos de Portugal e de Espanha, encerram matéria bastante para uma reconstrução mais justa desta personalidade incomum.

Surgiram ultimamente algumas obras ficcionadas sobre Leonor Teles - que, infelizmente, e devido ao grau de liberdade que constitui direito de todo o romancista, acabam por distorcer irremediavelmente, ainda que no intuito de a favorecer, a personagem em causa (relembrem-se, a propósito deste tema do chamado "romance histórico", os nossos comentários de 14 de Julho de 2007).

Podem no entanto seleccionar-se acerca desta figura dois livros sérios e credíveis, editados há relativamente pouco tempo.
Um é o de Manuel Marques Duarte (Leonor Teles - Campo das Letras - Porto - 2002), que se centra exclusivamente, como o próprio título indicia, sobre a história da rainha. Trata-se de obra documentada, muito trabalhada, assente em fontes consultáveis e, sem dúvida, útil a quem queira aprender sem distorções.

A outra obra não-ficcionada é a de José Bento Duarte (Peregrinos da Eternidade - Crónicas Ibéricas Medievais - Editorial Estampa - 2003), que abrange um período mais extenso e se debruça sobre uma galeria de personagens portuguesas e castelhanas, no período de viragem da 1.ª para a 2.ª dinastias lusitanas, culminando no momento-chave da batalha de Aljubarrota.

É deste último livro que apresentamos alguns excertos sobre a figura que nos ocupa.

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"Leonor Teles de Meneses, que é uma das figuras mais enigmáticas e interessan­tes do Portugal medieval, permanece até hoje recordada como a mulher má por ex­celência. O seu vulto desliza contraditório e irregular pelas memórias, ora baço e débil, ora nítido e forte, por­ventura adulterado num ou noutro episódio mais obscuro. Já sentimos isto com Leonor de Guzmán, com Inês de Castro, com Constanza Manuel, com Maria de Padilla.

Os primeiros cronistas escreveram pouco, e pela rama, sobre as perso­nagens femi­ninas. E quase sempre lhes emprestaram o seu próprio modo de pensar e de sentir, que é escorrido, directo, masculino e, portanto, inadequado. Mas sejamos jus­tos: ainda que eles quisessem perceber mais, cairiam no risco de se desorientarem em labirintos de sombras impenetráveis.
Leonor, como todas as mu­lhe­res, defende-se, ora silenciando a sua verdade ora exprimindo-a por sinais contradi­tórios, en­cobrindo a fantástica complexidade de um espírito insuspei­tado dos homens.

As mulheres procedem assim, por instinto, desde o co­meço - para resisti­rem, para contornarem, para sobre­viverem. E, sem que os desti­natários muitas vezes dêem por isso, para conduzirem. A maior influência delas, como se sabe, não lhes nasce apenas do encanto natural ou da incomparável capacidade de amar, assenta so­bretudo no seu mistério. Num mundo ordenado por homens, as mulheres só impe­ram, de facto, quando li­vres para subtilmente administra­rem o seu poder se­creto – e é por isso que as pai­xões, desde que autênticas e dura­douras, as expõem e as tornam tão vulneráveis.

Neste ano de 1371, no viveiro feminino da infanta Beatriz, a jovem Leonor Teles começa a revelar-se. E o que se lhe descobre não é paixão nem vulnerabilidades, é uma determinação granítica e a crença inabalável de que se acha à beira de um destino grandioso. Tem a seus pés um homem de belas feições, esbelto, abastado e poderoso. E este homem - ele, sim, desvairado pela paixão -, desde que conduzido como se impõe, pode sentá-la a seu lado no trono de Portu­gal.

Tudo leva a crer que ela tenha contado com a cumplicidade activa dos paren­tes no astucioso processo de sedução do rei. O conde de Barcelos, e a sua família, detêm já uma influência enorme entre a nobreza superior do Reino. Contudo, nos tempos incertos que vão correndo, convém-lhes consolidar e acrescentar o pode­rio.

A ma­nobra parece ter-se iniciado com a viúva Maria Teles, irmã de Leonor. Maria fala com Fernando, este responde a Maria, esta insiste com Fernando - e Leonor sempre à distância, como quem espreita e aguarda. Maria deve ter agido como diligente leva-e-traz nestas falas com o rei. A suas palavras soam amiúde a re­cados certei­ros, e, aos poucos, percebe-se que o monarca se encaminha para onde Leonor quer que ele esteja.

Seguem as coisas neste pé quando chegam embaixadores e recados da Beira remota: João Lourenço da Cunha, senhor de Pombeiro, roído de saudades ou já desconfiado por tamanho atraso da sua jovem e fresca esposa, chama por ela, roga-lhe que não demore mais a viajar até aos pinheirais e aos campos de Arganil, banhados pelas águas cantantes do Alva.
Cuidados de João Lourenço, agonias de Fernando: o rei cai em grande desassossego, consome-se numa espécie de febre, já se não pode imaginar sem a mulher que o enfeitiçou. Pede então que mintam ao senhor de Pombeiro, sugere que lhe mandem dizer que Leonor está doente e que não pode viajar.

Com a situação mais do que madura, as duas manas - Maria e Leonor - levam o caso ao conde de Barcelos, seu tio. João Afonso Telo dirige-se ao rei, dizem que para procurar demovê-lo da sua ideia fixa. Mas sabe-se como trabalham as paixões contrariadas: quanto mais lhe dizem que não, mais o enamorado se inflama. Considerando por outro lado o que está em jogo, podem pôr-se em dúvida as reticências do conde. E é provável que também a infanta Beatriz - decerto acostumada, no seu pequeno mundo de segredinhos rendilhados, a estas voltas sentimentais - colabore na conspiração de amor que envolve o régio irmão.

De súbito, tudo se precipita. Em Pombeiro da Beira, João Lourenço da Cunha vê-se de súbito descasado com fundamento nuns vagos parentescos com sua formosíssima mulher. Convicto de que este rei não é homem em quem se possa confiar, ele considera mais prudente mudar-se para Castela. O pequeno Alvarinho é enjeitado pela mãe. E, num dia do segundo semestre de 1371, em presença dos conspiradores, efectua-se o casamento - por enquanto quase clandestino - do rei com Leonor Teles de Meneses. E é certo que, antes que el-rei dormisse com Dona Leonor, a recebeu por mulher na presença de sua irmã e de outros que esta coisa traziam calada.

Neste episódio de interesses e seduções cada um cumpre o seu papel, e Leo­nor Teles desempenha perfeitamente o seu. Não a tomem, contudo, como mero instrumento das conveniências políticas e económicas da família ou da no­breza a que pertence. Na decisão e no frígido calculismo ela de­monstrará, agora e durante o resto da sua carreira, o nervo de uma personalidade indomável e, aqui e ali, uns laivos de grandeza.

Leonor tem um fito, uma ambição dourada, uma grande vontade de poder e, naturalmente, as ilusões próprias de uma mulher tão jovem e de tão esplendorosa beleza. E actua em conformidade. Quando aceita livrar-se do velho fidalgo beirão com quem lhe forçaram um casamento de utili­dade, ela não faz mais do que rebelar-se contra o destino pardacento e desencantado a que a conde­naram. Na época, quase todas as mulheres da sua condição se conformam com si­nas destas, para ficarem depois tristemente murchando no resto das su­as vidas. Leonor não é como elas. Os horizontes serranos de Arganil são amenos, poéticos e cativantes, mas são também apertados para a dimensão dos seus sonhos. Resolve, então, caminhar para a luz e para a liberdade de escolha, e, ganhando assim direito ao seu destino, trans­forma-se numa mulher que antecipa os tempos. (.....)

Leonor Teles terá de facto amado Fernando? É muito de duvidar. Ao princípio talvez se afirme nela um certo deslumbramento face ao porte físico deste pretendente na força da vida - ele conta então vinte e seis anos - e, sobretudo, di­an­te dos jorros de luz que o envolvem. Não esqueçamos que um rei é sempre um rei, e a gloriosa luminosidade que irradia do trono antigo de Fer­nando parece exercer sobre Leonor um fascínio hipnótico.

Oliveira Martins, criador inspiradíssimo de quadros impressivos, supõe que ocorreu nesta união uma espécie de troca de papéis e de condições: ela conquistou-o por­que ti­nha o génio de um homem; e o segredo dessa aliança tenaz (...) está na in­versão das pessoas e dos sexos. Ela fez-se rei; ele tornou-se a amante, passiva, indo­lente, sensual.
A imagem é daquelas que marcam e que ficam, mas é também, pro­va­velmente, imprecisa e pouco justa – para as mulheres em geral e para Leonor em par­ticular.
Fernando não deixa nunca de ser o homem deste célebre casal. O que sucede é que ele se conduz como os homens de muitos outros casais: é assustadiço, dependente, le­viano e, acima de tudo, manejável.

Leonor Teles, por seu turno, não perde jamais a feminilidade. O que ela demonstra é a fibra de uma mulher de coragem, ciente do que quer e do que é preciso fazer para o obter e, mais importante ainda, quase ferozmente decidida a impor-se.
O futuro confirmará que estamos perante uma personalidade fortíssima. E, não sendo impossível, custa a crer que uma tal criatura se deixe prender por laços de prolongado e genuíno amor a um homem como Fernando, especialmente depois de descobrir nele, com a passagem dos di­as, a frouxidão e a volubilidade do carácter. Neste caso, quem ama, de certeza, é o rei. Ela parece que só o tem como aliado in­dispensá­vel à concretização dos seus sonhos. (.....)

(Nota da Torre: Fernando, rei de Portugal, marido de Leonor Teles, morreu. João de Avis, que manobra decidido para ocupar o trono português, está à cabeça dos revolucionários de Lisboa, secundado por Nuno Álvares Pereira.
A regente Leonor Teles de Meneses, que tem a filha - Beatriz - casada com rei Juan I de Castela, refugia-se em Santarém com os partidários. O genro castelhano, de quem ela muito desconfiava, entra em Portugal à frente de um exército e vai reunir-se-lhe em Santarém.
A partir de certa altura, Leonor Teles é pouco mais do que uma prisioneira do rei castelhano. Mas uma prisioneira indomável...)

"(.....) Em Santarém, o convívio de Leonor Teles com Juan de Castela evolui para comportamentos de mútua duplicidade, pois cada um deles só pensa utilizar os préstimos do outro para alcançar os seus desígnios. No começo ainda trocam promessas e gentilezas. Mas o choque é inevitável. Não só pela secreta oposição de interesses, mas também, e talvez antes do mais, por um fatal contraste de personalidades.

O rei castelhano, débil de físico, face descorada, é piedoso e recatado. Cultiva um sentido obstinado de missão e passeia-se convicto da sua razão e dos seus direitos, orgulhoso da argúcia diplomática que o conduziu - contra a prudência dos conselheiros hesitantes - ao arranjo de Salvaterra de Magos para ganhar um reino de mão beijada.

Cioso da sua dignidade e da conveniência de maneiras, o rei Juan aceita mal as exuberâncias desta sogra sedutora - não muito mais velha do que ele -, que parece tardar a reconhecer-lhe o legítimo ascendente.
Temperada pela vida de corte onde imperou sem sombras nem rivais, Leonor Teles está habituada a levar a sua avante e jamais deparou com alguém capaz de lhe fazer frente a sério. O que Juan I tem diante de si, e que não há forma de entender, é uma mulher de gram coração - isto é, um ser voluntarioso e destemido, que usa viver e impor-se com expressões desprendidas e directas, próprias de quem costuma fazer o que muito bem lhe apetece.

Não é de estranhar que comecem a embirrar um com o outro, implicando por ninharias, embatendo ao menor pretexto. Tudo serve para alimentar estas guerrilhas palacianas. Quando Yuda e David Negro aparecem a disputar a chefia da comunidade judaica, a pequena Beatriz toma o partido do segundo, contra sua mãe, que assume a protecção do primeiro. E logo surge o rei, apressado - e talvez, também, um tanto inábil -, a contrariar a sogra, a tomar o partido da esposa-menina e a fazer de David Negro o rabi-mor.

Juan I dá-se cada vez pior com as atitudes e com a energia vulcânica de Leonor Teles, em cujo espírito refervem, pouco dissimuladas, as ambições de sempre. Às vezes, escandalizado, ele afoita-se a chamá-la de parte, ao segredo de câmaras discretas, para lhe sentenciar, no seu jeito grave e compenetrado, com a solenidade dos círios, que a uma pessoa como ela não caem bem certos modos e liberdades. Por outras palavras: o rei de Castela acha que sua sogra anda demasiado solta nas conversas e nas maneiras, impróprias de mulher viúva tão recente, ainda escurecida de lutos pelo marido.

Pode imaginar-se o efeito que tais sermões piedosos provocam nesta mulher, que, vendo bem, jamais aceitou senhorios ou ascendentes durante toda a vida. Sente-se o faiscar de vontades e de feitios, e não surpreende que depois destes duelos os dois se retirem sempre amuados um com o outro - em fim das razões, nunca se separavam muito de acordo.

Tudo isto é a capa que oculta as questões essenciais. Quem é que manda, de verdade, em Portugal? Quem é que vai mandar no futuro? E em nome de quem se fará o combate aos insurrectos de João de Avis?

À primeira vista, e pelo menos em Santarém, não parecem subsistir dúvidas. Juan I argumenta com a desistência de Leonor Teles, registada pelo tabelião. E, portanto, despacha, decide, governa com chancelaria própria e com todos os sinais que o anunciam como senhor do Reino. Mas tudo indica que o rei castelhano, que obviamente se quis servir dos bons ofícios da sogra para cativar os alcaides, acaba de arranjar em Santarém um problema grave: afastada do poder, frustrada, Leonor Teles pode tornar-se para ele num obstáculo perigoso. Ela faz, em muitas ocasiões, tábua rasa das escrituras, e é cada vez mais crível que lhe arrancaram o consentimento sob coacção ou com falsas promessas.

Em qualquer caso, o episódio da abdicação deve ter representado no seu espírito um mero expediente para ganhar tempo e novas oportunidades. Leonor não se conforma com a perda definitiva do poder, reconhece mal a autoridade deste rapazinho coroado, mas impertinente, que se atreve a falar-lhe de cima para baixo. Furiosa, considera: se o genro, nas pequenas coisas, lhe faz agora tantas desfeitas, o que acontecerá, mais tarde, quanto ao que for, realmente, importante?

Tudo indica que Leonor tenha começado ainda em Santarém a conspirar contra o genro, fazendo-lhe embora, por vezes, boa cara. Age às escondidas, empenhada numa guerra de persistência e de astúcias. Avista-se com alguns dos que lhe fizeram companhia na fuga de Lisboa, comenta-lhes as desconsiderações de Juan I, diz-lhes que deste homem pouco podem esperar - nem ela, nem eles. Vede que senhor este!, acusa, indignada. E afiança que se estivesse no lugar deles, com liberdade de movimentos, trataria de se evadir de Santarém para aderir à causa do mestre de Avis.

Diz-lhes ela: o mestre, pelo menos, é vosso natural - quer dizer, nasceu, como eles, debaixo destes céus portugueses, e nisto surpreendentemente se aproxima Leonor, ainda que por simples despeito, dos sentimentos dos humildes, que arriscam as vidas pelos seus amores da terra. E há quem a escute, quem se guie por tais conselhos, quem desampare a corte luso-castelhana do rei Juan para se juntar aos amotinados de Lisboa.

Deste modo vai Leonor Teles escavando armadilhas debaixo dos pés do genro, de quem aprendeu rapidamente a não gostar. À frente dele, e passando por cima dos amuos, ela transfigura-se, ilumina-se de sorrisos, oferece-se para o ajudar a convencer os alcaides renitentes. Mas escreve encobertamente aos mesmos alcaides a recomendar que se tranquem por trás das pontes levadiças e que não façam entrega das fortalezas, nem que ela própria lhes apareça nas imediações, com o rei de Castela, a pedir o contrário. (.....)

(Nota da Torre: Leonor Teles de Meneses acaba por perder a partida contra o poderoso genro castelhano, Juan I, invasor de Portugal. Não sem que antes, diante de Coimbra, se tenha abalançado a uma última cartada para se lhe escapar, ou, até, como há quem diga, para assassinar o rei de Castela. Este não lhe perdoou e acabou por enviá-la para o exílio em Castela, no mosteiro de Santa Clara de Tordesillas).

(.....) Assim, de todas as alternativas ao seu dispor - eliminar fisicamente a sogra, mantê-la perto de si ou condená-la ao exílio -, o rei de Castela escolheu a que, ainda que cruel e controversa, se pode encarar como mais sensata.

Deste triste modo se sumiu da cena política portuguesa a rainha Leonor Teles de Meneses, que aqui deixará, num sulco fundo e indelével, a sua lenda negra. Todavia, se nas páginas antigas se procurarem com isenção as verdades encobertas, ver-se-á que ela sobressai constantemente como uma figura notável.

Podia ter vivido como tranquila amante de um rei – quis ser rainha contra o mundo. Podia ter-se rendido à ambição casando com o assassino do seu mais fiel vassalo - escolheu a dignidade de uma recusa perigosa. Podia ter-se vendido ao mais poderoso dos ibéricos – optou por enfrentá-lo arriscando a vida num combate desigual.

Mulher mui inteira e de coração cavaleiroso, senhora de mil encantos e de astúcias subtis, ela preferiu sempre quebrar em vez de torcer. Personagem de fibra, esculpida numa só peça, não se curvou jamais diante de ninguém nem de qualquer poder político.
Se as histórias que começaram por correr em Estremoz, sobre Juan Fernández de Andeiro, possuírem alguma autenticidade, ela terá talvez cedido a um poder maior - o do amor. Insiste-se: talvez - porque não há forma séria de provar. Mas, se assim tiver acontecido e se desse modo se lhe descobrir um tão grande pecado, este é um pecado que só a faz mais humana, com aquele mesmo tipo de humanidade que lhe testemunhámos um dia em Badajoz, quando ela se separava, lavada em lágrimas, da única das suas filhas que pôde viver.

O drama de Leonor Teles, e a razão das famas ruins que deixou atrás de si, residem porventura no facto de ela ter nascido para ocupar um lugar ingrato na encruzilhada da História, o lugar destinado aos que tombam a lutar, vencidos, contra a marcha irreversível de um mundo que não aceitam. Por isso carrega ela, ainda hoje, tantas e tão graves culpas - culpas próprias e culpas alheias, culpas de ser e de não ser, de estar e de não estar, de fazer e de não fazer.

Nas linhas venerandas do maior dos cronistas lusitanos encontram-se-lhe ainda outras delicadas responsabilidades, como a de nunca mais terem as mulheres portuguesas voltado a ser o que tinham sido antes de ela ter cumprido nestes reinos a sua sina. Com Leonor Teles de Meneses assimilou a lusa humanidade feminina suas maneiras e argúcias, seus disfarces e segredos.
Oiçamos o cronista: desde que ela reinou, aprenderam as mulheres a ter novos jeitos com seus maridos, mostrando uma coisa por outra, como dantes não era costume. E assim se descobre como a difícil arte de ser mulher se fica devendo em Portugal à passagem desta extraordinária figura por aqui."

(José Bento Duarte - Peregrinos da Eternidade - Crónicas Ibéricas Medievais - Editorial Estampa - 2003)

domingo, 4 de novembro de 2007

Etosha, Namíbia - Dois Passos a Sul de Angola





"Etosha localiza-se a norte da Namíbia, antigo Sudoeste Africano, na faixa de território confinante com os limites meridionais de Angola. Consiste numa gigantesca depressão de dezenas de quilómetros, escavada na planície agreste, pincelada de tufos de capim e de vegetação rala.



Esta é uma região de contrastes e súbitas transformações, varrida por rumorosos torvelinhos de vento. Durante a maior parte dos dias, em que não chove, a lagoa conserva-se quase completamente seca. Mas no seu fundo requeimado de sol, juncado de crostas de lama endurecida, subsistem de longe em longe alguns charcos milagrosos, rasos e barrentos.

São reservas de vida, que, no entanto, se podem converter em ratoeiras de morte para os animais - gnus, zebras, girafas, antílopes - que delas se abeiram para aliviar a sede: embos­cados nas imediações durante horas longas e pacientes, os grandes felinos, como os leões e as chitas, raramente desperdiçam as oportunidades.


Nos derradeiros meses do ano instala-se a época das chuvas, anunciada por nu­vens tingidas de chumbo, baixas e pesadas, e por trovoadas estrepitosas.
Nessa al­tura, acontece o milagre.
A depressão de Etosha principia a inundar-se com as bá­tegas que desabam do céu e com os caudais de água drenados do norte, dos lados de Angola.



É então que a vida rompe, irreprimível e inesperada, de águas que se suporiam mortas. Multidões de peixes, de serpentes, de lagartos, de tartarugas, de rãs-bois, que sobreviveram à seca entranhados no subsolo húmido, fervi­lham à tona da água, nas orlas da lagoa.


Em redor vicejam capinzais a perder de vista, pintalgados de belas e delicadas flores, por onde se passeia um nervoso corrupio de animais recém-chegados. Nas águas regurgitantes de presas, bandos esfaimados de pelicanos, flamingos, capotas, garças, rolas e patos-mergu­lhões en­tregam-se a intermináveis banquetes.



Ao cabo de alguns meses, com o termo das chuvas, novo ciclo de desolação se inicia. Recomeçam então as grandes migrações das manadas, que palmilham as pistas áridas em busca de outros charcos e pasta­gens. E a vida torna a adormecer, até às próximas chuvas, no subsolo mira­culoso de Etosha." (*)

(*) José Bento Duarte - Senhores do Sol e do Vento - Histórias Verídicas de Portugueses, Angolanos e Outros Africanos - Editorial Estampa - 1999